1939: EL GRAN TERREMOTO DEL CENTRO-SUR DE CHILE

El martes 24 de enero, a las 23:32 horas, un violento sismo de magnitud 8,3 (Ms) golpeó a gran parte del centro-sur del país, sintiéndose con fuerza entre las ciudades de Valparaíso y Valdivia. El epicentro del terremoto se localizó en las cercanías de Quirihue, una pequeña localidad agrícola de la entonces provincia de Ñuble. El sismo fue particularmente violento y destacó por la amplitud de la zona afectada, equivalente en la actualidad a 8 de las 16 regiones de Chile.
 
Según crónicas del diario La Nación, el pánico en la zona centro-sur fue total. Se paralizaron los teléfonos y telégrafos, las radios suspendieron sus transmisiones y los trenes se pararon. Sólo en la madrugada, y gracias a muchos radioaficionados, se habrían comenzado a conocer las primeras informaciones de la zona 0, situando el desastre entre Chillán y Concepción.
Al día siguiente, cuando se pudieron evidenciar aún más los terribles daños dejados por el terremoto, La Nación no tardó en nombrar “al terremoto del sur” como una “catástrofe sin precedentes en la historia de América”, y que había asolado por completo las provincias de Ñuble, Concepción y Bío-Bío. 
 
De la misma forma, los reporteros se aventuraban rápidamente a elaborar hipótesis sobre el lugar del epicentro, ya que a cada minuto se sabían de nuevas ciudades y pueblos que parecían ser los más afectados por el terremoto. 
 
Chillán y Concepción fueron dos de esas ciudades, donde los daños tomaron proporciones mayores. Según reporteros del diario El Mercurio, la “perla de Ñuble” parecía ahora “una ciudad muerta”, donde no más de una docena de casas habrían quedado en pie y donde los chillanejos “lloraban en las calles” al presenciar las proporciones de la catástrofe. Se hablaba ya de más de 10 mil fallecidos. 
 
En Concepción, en tanto, el escenario que describía la prensa no era menor. La capital del Bío-Bío presentaba un “aspecto de desolador”, según relataba El Mercurio, con todo su casco histórico en el suelo, y donde los sobrevivientes permanecían sin agua, luz ni medios de comunicación. Muchos habitantes no tenían cómo saber de sus seres queridos en otras localidades de la zona afectada, ni avisar de su estado a sus familiares en el norte; la prensa, en particular el diario La Nación, se convirtió en portavoz de esas familias, publicando telegramas transportados en avión hasta Santiago.
 
Pero más allá de las grandes ciudades, muchos otros pueblos había sufrido la misma mala suerte; en Cauquenes y Parral en la actual Región del Maule, y en San Carlos y San Nicolás en Ñuble, el terremoto tomó “características de una verdadera catástrofe”, con casas y edificios públicos destruidos, incontables heridos y varias víctimas fatales. Otras ciudades que sufrieron fueron Talca en el Maule, Florida, Penco, Lirquén, Talcahuano, Traiguén, Lota en la Región del Bío-Bío, y Angol, Temuco, Victoria, Lautaro y Nueva Imperial en la Araucanía, donde también conocieron derrumbes, muertos y heridos. 
 
El entonces gobierno de Pedro Aguirre Cerca tuvo una respuesta rápida frente al desastre; el Presidente partió en tren al día siguiente a visitar las zonas más afectadas, encabezando así una comitiva de ministros, médicos y enfermeras, quienes serían seguidos por un convoy con casi 200 profesionales de la salud. La ciudadanía también tomó un rol activo en la recolección de ayuda a los damnificados, organizando y enviando donaciones en caravanas de camioneros quienes también se sumaron al llamado del gobierno; muchos de ellos ayudaron también en el traslado de heridos desde el sur hacia la capital, mientras que otros heridos viajaron de manera prioritaria en trenes desde Talca o Curicó.

Además de ser el terremoto más mortífero de la historia moderna de Chile, el llamado “terremoto de Chillán” cumple un rol fundamental en la historia político-administrativa de nuestro país. El nivel de destrucción y el daño ocasionado en amplias zonas urbanas de la época, como Chillán o Concepción, llevó a la autoridad política a exigir nuevas normas de ingeniería al momento de edificar, para tratar de prevenir futuros desastres como éste. Aquellas normativas, junto con la Ley General de Urbanismo y Construcciones promulgada después del terremoto de 1928 y a las actualizaciones que se le fueron realizando a lo largo del siglo XX, han sido fundamentales en la reconocida preparación de las construcciones chilenas frente a los temblores.
Por otro lado, los daños en la zona agrícola que dejó el terremoto y que afectó un 25% de la producción nacional, así como los daños del terremoto de Copiapó ese mismo año, aceleraron la decisión del Congreso de aprobar en abril de 1939 la creación de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) y que será fundamental para la industralización del país, y la Corporación de Reconstrucción y Auxilio, que dará luego paso a la actual Oficina Nacional de Emergencias del Ministerio del Interior (ONEMI).